Quería evitar palabras politizadas, como hizo el rey en las Naciones Unidas, pero la vida es tantas cosas que hasta la muerte es política, y eso, aunque siempre haya sido un problema históricamente irresoluble, significa que también es parte de la solución. Tampoco pretendo establecer lazos diplomáticos con la monarquía, y menos por evitar la incomodidad metalingüística de palabras que transcienden con su significado cada letra con las que son escritas.
Asique, vuelvo a la RAE, que me pertenece tanto como a cualquiera, para investigarme el ombligo y suponer la rutina de un genocidio (exterminio sistemático de un grupo humano por motivo de su raza, etnia, religión o nacionalidad).
Seguro que no comienza pensando en qué palabras usar, ni siquiera en qué desayunar, puede que llegue sobre esa hora, pero con el objetivo en la comida y en el reto que debe emprenderse para encontrar los alimentos con los que cocinar platos, como los que la familia Hammad compartía a través de Mikel Ayestaran, en un lugar donde el hambre se ha convertido en arma de guerra.
La rutina también debe ser todo lo que ha dejado de hacerse, las historias que se han quedado a medias, o que no han llegado a vivirse, algo parecido a lo que cantaba la comparsa de Jesús Bienvenido en el Carnaval de Cádiz. Las historias de amor erradicadas, los caminos a la escuela sepultados por escombros, las jornadas de playa con ensordecedores estruendos, los libros sin acabar de escribir y de leer, y las conversaciones que no se tienen al fresco de ninguna casa. Hay rutina hasta en la desaparición de las casas.
También cerca del puerto marítimo de Gaza que, encontrándose a incalculables millas náuticas de la rutina de un genocidio, se ha hecho cargo de todos los privilegios y fortunas que posee para embarcarse en una flotilla que, sin ni siquiera llegar a flota, busca lo que nadie ha encontrado.
Los 730 días desde el ataque de Hamás han sumado tantas cifras que, a pesar de poder categorizarlas por edades, causas, desplazamientos, ofensivas y lugares, jamás alcanzarán a explicar la rutina de convivir con la muerte y la suerte de conseguir evitarla por segundos o metros de distancia, esquivándola socorriendo a las victimas cuando se repiten los bombardeos, visitando a familiares en los hospitales en los que se ordena no entrar por riesgo de misiles o quedándote en la puerta suministrando los medicamentos que llegan.
Cualquiera de los días que tiene dos años, «la costumbre o hábito adquirido de hacer las cosas de forma automática o repetitiva», encuentra en su última acepción el nulo significado de la rutina de un genocidio: «a menudo sin necesidad de reflexionar», recordando a la humanidad los anteriores 80 años, los últimos 2 años, todos los días.